Escuela y democracia: el aprendizaje cooperativo crítico.

Anastasio Ovejero

Nota: Para una ampliación de los temas tratados en este artículo véase Ovejero (1990) y especialmente Ovejero (2018), Aprendizaje cooperativo crítico: Mucho más que una eficaz técnica pedagógica, el último de una trilogía que he escrito para mostrar la necesidad que tiene la especie humana, si no quiere desaparecer como especie, de más cooperación en esta fase de hegemonía neoliberal. Para ello publiqué un primer libro de análisis del contenido del neoliberalismo y de su ideología (Los perdedores del nuevo capitalismo: Devastación del mundo del trabajo, 2014) y otro sobre las posibilidades de la autogestión (Autogestión para tiempos de crisis: Utilidad de las colectividades libertarias, 2017a).

Introducción

Las sociedades humanas se basan ante todo en la cooperación y la necesitan tanto para su propia existencia como para su funcionamiento. De hecho, hasta las situaciones más sencillas, como entrar en una panadería a comprar una barra de pan, conlleva ya muchísima cooperación: la de la persona que amasó y coció el pan (casi siempre lo hacen varias personas cooperando entre ellas), la persona que lo llevó a la panadería, quien te lo sirve y te lo cobra, la del campesino que sembró y recolectó el trigo, la de quienes lo molieron y lo convirtieron en harina, etc. Somos una especie animal caracterizada precisamente por ser la más cooperativa de todas, hasta el punto de que, como mostró claramente Piotr Kropotkin (1902/2005), han sido la cooperación y la ayuda mutua las que han hecho posible nuestra supervivencia, a pesar de que no somos la especie animal más fuerte, ni la más veloz, ni la más fiera.

Sin embargo, a lo largo de los últimos siglos el Estado primero y el capitalismo después han procurado reducir cuanto han podido esa nuestra capacidad de cooperación, para lo que fueron reforzando cada vez más la competición entre los humanos y la eliminación paulatina de la ayuda mutua y la solidaridad. Ese proceso ha llegado a su cénit en el actual capitalismo neoliberal, de forma que los neoliberales están consiguiendo hoy día que la mayoría de la población haya internalizado su ideología, ideología que se compone esencialmente de estos cinco componentes: un individualismo feroz, un egoísmo atroz, una competición de todos contra todos, una fuerte sensación de fatalismo ante la aparente ausencia de alternativa, y la convicción de que el beneficio económico es lo único que cuenta.

En consecuencia, las políticas del neoliberalismo están teniendo unos efectos tan dañinos para cientos de millones de personas que se hace necesario transitar por otros caminos, por los caminos de la cooperación y la solidaridad, si no queremos caer en el abismo al que estamos abocados de seguir así, como consecuencia de las cada vez mayores desigualdades sociales, del cambio climático, etc. De ahí la imprescindible necesidad de fomentar desde la escuela la cooperación solidaria para hacer frente a esa tan dañina hegemonía neoliberal. Y para ello destacaría dos autores que podrían sernos de gran ayuda: ante todo Piotr Kropotkin, pero también Paulo Freire (Ovejero, 1997, 2017b). Porque no debemos olvidar que la escuela sigue siendo de gran utilidad para el fomento de la cooperación y para la construcción de una sociedad más justa, más cooperativa y más solidaria. Y ello puede conseguirse a través de la implementación en las aulas del aprendizaje cooperativo, sobre todo si somos capaces de añadir dos cosas fundamentales a esa técnica escolar de cooperación: un fuerte pensamiento crítico y mucha solidaridad.

Tengamos presente que la eficacia del aprendizaje cooperativo va más allá del ámbito escolar y afecta a la convivencia ciudadana, a la democracia, tan debilitada últimamente, y al tipo de sociedad que queramos construir. Porque, y esta es la principal idea que yo quisiera transmitir aquí, el aprendizaje cooperativo es mucho más que una eficaz técnica pedagógica. Johnson, Johnson y Holubec (1999) afirman que “la cooperación es algo más que un método de enseñanza; es un cambio básico en la estructura organizativa que afecta a todos los aspectos de la vida en el aula” (p. 26). Pero yo creo que la escuela debe ir más allá aún y utilizar el aprendizaje cooperativo para construir sujetos democráticos y críticos que sean capaces, por una parte, de entender cabalmente el complejo mundo en que les ha tocado vivir e interpretar adecuadamente la estrategias utilizadas por los poderosos para controlar y explotar a la mayoría de la población; y, por otra, que puedan adquirir las competencias suficientes para defender sus intereses y hacerlo de la única forma en que es posible: cooperando con los demás y siendo solidarios con ellos. Sólo una ciudadanía así podrá construir una democracia real.

Como hace años señalara James Baldwin (1979, p. 3), “tú escribes para cambiar el mundo aun sabiendo perfectamente que probablemente esta vez no puedas conseguirlo, pero sabiendo también que ello es indispensable para el mundo. El mundo cambia de acuerdo con la forma en que la gente le ve y, si tu alteras, aunque sea sólo un milímetro, la manera en que la gente mira la realidad, entonces sí puedes cambiarlo”. El objetivo de mi libro sobre aprendizaje cooperativo crítico era conseguir cambiar ese milímetro en la percepción que tiene la gente del mundo actual, que perciba cómo se han transformado radicalmente tanto las relaciones de poder como las relaciones interpersonales como consecuencia de la profunda revolución neoliberal que están llevando a cabo los más ricos y poderosos para conseguir que sus beneficios crezcan de forma abusiva y obscena a costa de todos los demás. Ese milímetro se ampliaría si consiguiéramos que cada vez más profesores y profesoras implementaran el aprendizaje cooperativo en sus aulas y sobre todo si lo hicieran con un sentido crítico y solidario.

El aprendizaje cooperativo como solución a las paradojas y problemas de nuestro sistema escolar.

Es evidente que la escuela debe ser una institución con capacidad para revitalizar la democracia, pero también lo es que una de las funciones de una democracia es conseguir que las escuelas sean instrumentos útiles y eficaces para incrementar las cotas de cooperación, igualdad, justicia y solidaridad. Mostrar eso es uno de los objetivos que persigo en este artículo. Y quisiera empezar mostrando que el aprendizaje cooperativo puede ser de gran utilidad para resolver las tres paradojas que actualmente tiene nuestro sistema escolar (Ovejero, 2018, p. 183):

1ª) Nos quejamos de que en nuestra sociedad hay poco altruismo, poca solidaridad, mucho egoísmo y demasiada competición, y que son demasiados los niños que se encuentran aislados socialmente, rechazados e incluso agredidos por sus compañeros en la escuela y fuera de ella. Sin embargo, paradójicamente, seguimos utilizando unos métodos educativos competitivos que no ayudan a solventar esos problemas, sino todo lo contrario: los fomenta aún más.

2ª) Nuestro sistema económico se basa en la cualificación de nuestra fuerza de trabajo y sin embargo sigue siendo cierto lo que Johnson y Johnson (1983, p. 120) decían hace casi 40 años: “Según indica la investigación existente, nuestras escuelas están dominadas por procedimientos instruccionales poco eficaces, para el rendimiento, para las actitudes positivas hacia la ciencia y las matemáticas, tan necesario todo ello para una eficaz población productiva”. Por tanto, nuestras escuelas, institutos y universidades no preparan adecuadamente a los estudiantes para un buen funcionamiento del sistema productivo y económico. Pero seguimos utilizando los métodos de enseñanza tradicional, que son poco eficaces para ese objetivo.

3ª) Hoy día es más necesario que nunca el pensamiento crítico, precisamente porque el asalto neoliberal a la educación la ha mercantilizado, porque la concentración de medios de comunicación está haciendo que la información esté cada vez más controlada y manipulada, y porque Internet ofrece al usuario todo tipo de datos sobre cualquier tema y se necesita una gran preparación intelectual para saber buscar la información pertinente. Y seguimos utilizando los métodos escolares poco eficaces para producir pensamiento crítico.

Es más, a causa del casi exclusivo uso de estructuras escolares competitivas e individualistas por parte de nuestras escuelas, así como de la importancia que la propia sociedad ha dado desde hace tiempo a tales estructuras en los procesos de socialización, no debe sorprendernos que haya muchos individuos y grupos que persistan en conductas competitivas y/o individualistas en situaciones en las que son las cooperativas las que tienen más probabilidad de producir los efectos deseados. Utilizando esos métodos en la escuela hemos impedido que la gente vea las posibilidades adaptativas que tiene la cooperación en general y los métodos de aprendizaje cooperativo en concreto, lo que tiene efectos muy perniciosos desde el punto de vista escolar, interpersonal y social.

No olvidemos que, según Johnson, Johnson y Holubec (1999, p. 9), el aprendizaje cooperativo le permite al profesorado alcanzar tres objetivos al mismo tiempo: 1) Incrementar el rendimiento de todos los alumnos y alumnas, incluyendo a quienes, por diferentes razones, tienen dificultades de aprendizaje; 2) Mejorar tanto las relaciones interpersonales como las intergrupales; y 3) Proporcionar al alumnado las experiencias que necesitan para lograr un saludable desarrollo social, psicológico y cognitivo. A estos tres objetivos, yo añadiría dos más que, a mi juicio, son realmente cruciales: mejorar las capacidades críticas de alumnas y alumnos y, como exigía Freire, concienciarlos de su responsabilidad social y política, para que, de esta manera, sean capaces de contribuir a la construcción de una sociedad más libre, más igualitaria y más solidaria. De hecho, los principales efectos de la implementación del aprendizaje cooperativo en las aulas son estos:

1) A nivel individual, mejora el rendimiento escolar, la motivación intrínseca, la capacidad de cooperación, etc.

2) A nivel interpersonal y grupal, mejoran las relaciones entre los compañeros y su empatía mutua, aumenta la cohesión grupal, se reduce la violencia escolar, etc.

3) A nivel organizacional, aumenta la participación de sus miembros, lo que mejora la toma de decisiones, incrementa la satisfacción organizacional, crece la responsabilidad, etc.

4) A nivel social, todo lo anterior influye, a medio y largo plazo, en una transformación positiva de la sociedad, haciéndola más democrática, más cooperativa y más solidaria.

Por consiguiente, uno de los más importantes efectos del aprendizaje cooperativo es enriquecer la democracia, cosa que consigue a través de una serie de factores que mejoran la vida de las personas y las hace más responsables, más libres y más felices. Esos factores son de tres tipos:

1) A nivel individual, aumenta los efectos positivos y enriquecedores de las controversias; ayuda a que el alumnado aprenda a trabajar en equipo y a resolver constructivamente los conflictos, a dialogar y a negociar, y contribuye a que el alumnado desarrolle una mayor capacidad crítica, elemento indispensable en una democracia real;

2) A nivel interpersonal, mejora las relaciones entre colegas y entre grupos, lo que, a su vez, contribuye a gestionar constructivamente los conflictos interpersonales e intergrupales que surgen en los equipos de trabajo (Nadler et al., 2008; Wagner et al., 2008); permite la aceptación plena de las personas diferentes y su inserción también plena en la sociedad, y eso sí es algo central en una democracia; incrementa los sentimientos de apoyo mutuo y de cohesión grupal, mejorando la satisfacción del alumnado con la escuela, con los compañeros y con las materias de estudio, lo que, a su vez, eleva su felicidad general; y mejora la inclusión social de las minorías;

3) A nivel social, reduce los prejuicios, el racismo y la xenofobia y, por tanto, también la exclusión social y el ostracismo, lo que contribuye a la construcción de una sociedad más tolerante y, por tanto, más democrática; consigue reducir la desigualdad de género, dado que niños y niñas se hacen más autoeficaces, aumentando también su empoderamiento, lo que beneficia particularmente a las niñas; contribuye a la igualdad de género, pues, aunque mejora el nivel cognitivo y el rendimiento de todo el alumnado, beneficia más a las mujeres, dado que son más cooperativas y menos competitivas que los hombres; incrementa también la igualdad escolar de clase social, pues ayuda sobre todo a los niños y niñas pertenecientes a grupos más desfavorecidos a conseguir sus objetivos cognitivos y de aceptación social; incrementa las tendencias a la cooperación, a la ayuda mutua y a la solidaridad de todos los estudiantes, lo que, sin duda, constituye una parte esencial de una democracia real. No olvidemos que la democracia no la forman sólo la constitución y las leyes, sino también –y sobre todo- las políticas sociales y económicas y, en especial, las prácticas reales de las personas y las instituciones en la vida cotidiana. Y eso se aprende principalmente con la educación (en la familia, en el barrio, en la escuela…), siendo el aprendizaje cooperativo una de las mejores vías para enseñar democracia a los niños en las aulas. Además, sea o no el objetivo explícito del profesorado que lo utiliza, este método es en sí mismo un generador de actitudes y valores sociales como la cooperación, el altruismo y la solidaridad, así como de una serie de habilidades sociales que mejoran la autonomía, la independencia y el pensamiento crítico del alumnado, proporcionándole contenido real a la democracia formal.

Aprendizaje cooperativo y democracia.

Se habla de muy diferentes tipos de democracia. Hasta Franco decía ser el caudillo de una democracia orgánica. Y los comunistas construían democracias populares. Y los capitalistas siguen sacando sus beneficios económicos a través de democracias parlamentarias. Pero lo esencial en una democracia son las relaciones que se establecen en su seno, relaciones que en todos esos casos suelen ser relaciones jerárquicas de poder y un sistema escolar de enseñanza que legitima tales relaciones. Esa es una de las cosas que debemos cambiar si queremos que haya una democracia real. Y el aprendizaje cooperativo es un eficaz instrumento para conseguirlo.

La escuela enseña muchas más cosas de lo que suele creerse. El currículum escolar es sólo una pequeña parte de lo que niños y niñas aprenden en la escuela, pues el alumnado presta atención a todo lo que ocurre allí: aprenden de lo que dicen sus profesores y profesoras, pero más aún de lo que les ven hacer. Así, si se enseña a los estudiantes que deben ser cooperativos y ayudar a los demás, pero en las aulas hay unas relaciones jerárquicas y un contexto competitivo, lo que de verdad aprenden no es a cooperar sino a competir. De ahí la importancia de las prácticas sociales del profesorado. Como dice Henri Giroux (1990), los profesores deben ser intelectuales transformativos: deberían utilizar métodos de aprendizaje cooperativo, pero hacerlo de forma que sean mucho más que una eficaz técnica pedagógica, para lo que, indefectiblemente, deberían incorporar una buena dosis de pedagogía crítica. Como muestra Iles (2003) las “comunidades de aprendizaje” son muy importantes para reducir las estructuras jerárquicas y promocionar el trabajo y la investigación cooperativos. Es más, el aprendizaje cooperativo ayuda al alumnado a ser emprendedores, pero también a ser independientes y críticos, lo que tan necesario es en este momento de hegemonía neoliberal y en el que la manipulación de los medios de comunicación está produciendo una dominación ideológica y una desinformación como nunca antes había existido y de la que resulta difícil escapar.

Ahora bien, si queremos sobrevivir como especie, tendremos que incrementar lo común y lo colectivo, en un contexto de ayuda mutua y solidaridad, que fueron siempre nuestras señas de identidad como especie y que es lo que más estamos perdiendo, y conseguir que nuestra sociedad sea realmente democrática, es decir, que sea cooperativa, justa, igualitaria y solidaria. Y para ambas cosas el aprendizaje cooperativo es de gran ayuda. La democracia no es sólo votar cada cuatro años. Es hora de recuperar lo común en cualquier ámbito y hacerlo de forma cooperativa y solidaria, actuando colectivamente, pues sólo la acción colectiva puede salvar al planeta, parar el cambio climático, terminar con el derroche de agua, reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono, poner fin a la extinción de especies animales y vegetales, etc. Como escribe Charlotte Hess (2015, p. 266), los ingredientes esenciales en un común cooperativo son: responsabilidad compartida, información frecuente y fiable, conocimiento de los otros, vigilancia de la conformidad y comunicación entre los participantes. Y, para conseguirlo, es de gran utilidad implementar el aprendizaje cooperativo en las aulas, pero con la intención de transformar la sociedad a mejor. Otro mundo es posible y el aprendizaje cooperativo en las aulas ayuda a conseguirlo.

Por último, quisiera destacar que el aprendizaje cooperativo fomenta el pensamiento crítico, con lo que ayuda a que el alumnado aprenda la democracia no a partir de discursos idealistas, sino a partir de sus prácticas reales dentro del aula, pues, como escriben Giroux y McLaren (1994, p. 224), «como parte de un proyecto político radical, el discurso democrático necesita también un lenguaje que combine una estrategia de oposición con una estrategia para construir un nuevo orden social» que se base en las relaciones sociales entre el sujeto y la comunidad en general. Esto significa –añaden– que los «educadores progresistas de las diversas ramas ideológicas necesitan convertir las escuelas en centros de aprendizaje y de intencionalidad democráticos […] La historia puede ser nombrada y rehecha por quienes se niegan a permanecer en actitud de espectadores pasivos ante el sufrimiento y la opresión humanos». Y el aprendizaje cooperativo les puede ser de gran utilidad para ello, pues con este método el alumnado aprende no sólo los contenidos que se pretende que aprendan, sino también una serie de habilidades, sobre todo sociales, que son de gran importancia para ejercer la democracia real, como son estas: razonar y defender argumentativamente los puntos de vista y opiniones personales; saber cuándo se está equivocado y están acertados los demás, cambiando las propias ideas y opiniones y adoptando las de los otros; saber buscar y encontrar, entre todos los miembros del grupo, soluciones creativas y acertadas a problemas comunes; respetar el turno de palabra; escuchar lo que dicen los demás; aprender a pedir ayuda y a ayudar a quienes lo necesitan; defender asertivamente los intereses particulares, etc. Además, como decía John Dewey (2004, p. 91), «una sociedad es democrática en la medida en que facilita la participación en sus bienes de todos sus miembros en condiciones iguales y que asegura el reajuste flexible de sus instituciones mediante la interacción de las diferentes formas de vida asociada. Tal sociedad debe tener una educación que dé al alumnado un interés personal en las relaciones sociales y en el control social». Y el aprendizaje cooperativo proporciona ese tipo de educación.

Si la cooperación no contradice la naturaleza humana; si, por el contrario, somos animales esencialmente cooperativos; y si gran parte de nuestros actuales males vienen de que se nos está arrancando esa tendencia cooperativa y solidaria, entonces es plausible pensar que una forma de reducir tales problemas pasa precisamente por la construcción de una sociedad más cooperativa y especialmente más solidaria. Pero ¿es ello aún posible? De lo dicho hasta ahora se deduce una respuesta inequívocamente afirmativa. Dado que la escuela es una importante instancia de socialización, desde ella podemos ir poniendo los cimientos de tal sociedad cooperativa, enseñando a nuestros niños y adolescentes a cooperar, a ser solidarios y a disfrutar del placer de la cooperación y la solidaridad. Y la mejor forma de lograrlo es utilizando en las aulas un aprendizaje cooperativo que sea más que una mera técnica para aprender más y mejor.

En conclusión, existen muchos datos que indican que la implementación del aprendizaje cooperativo en el aula es un primer paso para construir una sociedad cooperativa y solidaria. Frente a los valores actualmente dominantes (individualismo, egoísmo, competición, fatalismo), el aprendizaje cooperativo ayuda a poner las bases de una sociedad diferente, basada en otros valores (cooperación, tolerancia, altruismo, solidaridad, espíritu crítico, autoeficacia): frente a la doctrina del miedo, la doctrina de la libertad; frente a la cultura del sometimiento y la sumisión, la de la resistencia y la rebelión; frente a la docilidad intelectual, el pensamiento crítico; frente al fatalismo y la indefensión aprendida, los sentimientos de autoeficacia y las ganas de cambiar nuestro mundo. Como decía Gramsci, al pesimismo de la razón debemos oponer el optimismo de la voluntad. Otro mundo es posible y de nosotros depende el que ese mundo se haga realidad. Pero la implementación escolar del aprendizaje cooperativo nos sería de gran ayuda en esta tarea.

En resumidas cuentas, el aprendizaje cooperativo es un método mucho más eficaz que la enseñanza tradicional –individualista y competitiva– para formar ciudadanos libres, independientes y críticos y, como consecuencia de ello, también para que la escuela pueda contribuir a la construcción de una sociedad mejor y de una democracia real y plena. Y en contra de lo que algunas personas podrían creer, defender ideas propias del siglo XIX como son la libertad, la igualdad, la solidaridad, la fraternidad y el pensamiento crítico no es algo trasnochado sino, por el contrario, debería ser algo muy actual, pues es aún más necesario hoy día de lo que lo era en el pasado. Y ello es así no sólo porque son cosas esenciales en una sociedad que pretenda ser realmente democrática, sino incluso en toda sociedad que no quiera caer en el abismo: si no existe una comunidad educativa cooperativa y solidaria donde se socialicen adecuadamente niños y adolescentes, la sociedad pronto dejará de tener metas comunes y colectivas, y no alcanzará la cohesión social suficiente para no desintegrarse. De ahí que hablar de libertad, de cooperación y de solidaridad no sólo no es algo trasnochado, sino que, en plena hegemonía neoliberal, es más imprescindible que nunca. Los más ricos han sido muy hábiles a la hora de imponer sus intereses, de forma que en primer lugar han conseguido que la ciudadanía haya internalizado la ideología y los valores que les interesa a ellos, y entre tales valores no está el pensamiento crítico y mucho menos la solidaridad. Eso es lo que debe corregirse desde la escuela.

Por tanto, si queremos que la escuela sirva para ayudar a la construcción de una sociedad más democrática y más solidaria, es de gran utilidad que implemente en sus aulas el aprendizaje cooperativo. Pero esto no es suficiente: es necesario que sea un aprendizaje cooperativo crítico. En efecto, muchos se sorprenderían si supieran que el aprendizaje cooperativo fue fomentado y promovido en Estados Unidos en la época de Ronald Reagan. La intención era exclusivamente mejorar el aprendizaje y el rendimiento académico, a causa de su demostrada eficacia para esos fines. En aquella época los estadounidenses estaban muy preocupados por el bajo nivel de sus estudiantes, sobre todo en matemáticas, lo que podría terminar por poner en riesgo su liderazgo tecnológico. Por eso, el fomento de estos métodos no perseguía en absoluto objetivos de socialización y mucho menos pretendía enseñar y entrenar el pensamiento crítico del alumnado. Sin embargo, lo que yo defiendo es que, si no queremos que el aprendizaje cooperativo sea un instrumento al servicio de los poderosos, necesitamos que sea mucho más que una eficaz técnica pedagógica y contribuya a solucionar los problemas que tienen planteados nuestra sociedad actual. No olvidemos que el ser humano es ante todo un animal social cooperativo y que las sociedades humanas se basan en la cooperación y la solidaridad, habiendo sido precisamente esa capacidad de cooperación y de ayuda mutua lo que ha hecho posible nuestra supervivencia.

Ahora bien, aunque hemos conjuntado desde tiempos inmemoriales cooperación y ayuda mutua, como mostró Piotr Kropotkin (1902/2005), desde hace siglos, tanto el Estado como sobre todo el capitalismo, han procurado reducir nuestra capacidad de cooperación para que subsista sólo la necesaria para el funcionamiento del sistema, pero sin su componente esencial de ayuda mutua y solidaridad. Tal proceso, unido a una progresiva y creciente individualización, ha culminado en la actual fase del capitalismo neoliberal donde el individualismo, el egoísmo y la competición de todos contra todos están alcanzando unos niveles antes nunca vistos (Ovejero, 2014). Por eso, aunque hoy está de moda el aprendizaje cooperativo, se trata de una moda que a menudo no pretende en absoluto hacer de los estudiantes personas solidarias y críticas, sino sólo hacerlas más competitivas en el mercado laboral y más eficaces en el sistema productivo. Sin embargo, para que la escuela cumpla su función, que no es sólo la de preparar para el mercado laboral, sino también conseguir que los estudiantes sepan adaptarse a los cambios y sobre todo que deseen colaborar en la construcción de una sociedad cooperativa, justa, igualitaria y solidaria, es de gran utilidad la implementación del aprendizaje cooperativo crítico. De hecho, las ventajas del aprendizaje cooperativo van mucho más allá de las escolares y afectan a la convivencia ciudadana, a la propia democracia, tan debilitada últimamente, y, en última instancia, al tipo de sociedad en que queremos vivir. Pienso que la escuela no debe conformarse con preparar al alumnado para el mercado laboral y que debe construir sujetos demócratas y críticos, capaces de entender el complejo mundo en que les ha tocado vivir y de interpretar los juegos de poder que los poderosos se traen entre manos y en los que está en juego la vida de las personas, sobre todo en algunas zonas más pobres del planeta; capaces de adquirir las competencias suficientes para defender sus intereses y hacerlo cooperando con los otros, porque ésa es la única forma de conseguirlo; y de mantenerse independientes ante los medios de comunicación, sin ser manipulados por ellos; y, en fin, aptos para alcanzar un nivel de desarrollo intelectual y crítico que les convierta en personas cultas e ilustradas, y que, por tanto, les importe más el ser que el tener.

En síntesis, la educación no es en sí misma liberadora. Depende de qué tipo de educación se trate, de quién la utilice y con qué fines. Según Paulo Freire no se puede hablar de educación a secas sino de “educación para qué, educación en favor de quién, educación contra qué”. La educación puede ser liberadora pero también puede ser controladora, manipuladora y domesticadora. Y la opción que propongo es la implementación escolar del aprendizaje cooperativo crítico, método que le da al alumnado un protagonismo en su propio aprendizaje y en su formación que no le da la enseñanza tradicional. Como señala Giroux (1990, p. 204), “si a los estudiantes les concedemos un papel activo en el proceso de formación cultural, esos mismos estudiantes pueden convertirse en agentes de la producción de prácticas sociales”. Por tanto, como decía Jerome Bruner, “ni la escuela ni la educación pueden entenderse ya como meros vehículos de transmisión de habilidades básicas que se requieren para ganarse la vida o para mantener la competitividad económica de los respectivos países […] La tarea central (de la escuela) es crear un mundo que dé significado a nuestras vidas, a nuestros actos, a nuestras relaciones. Vivimos juntos en una cultura, compartiendo formas de pensar, de sentir, de relacionarnos” (1979/2012, p. 12). Si queremos una educación realmente emancipadora debemos evitar concentrar nuestro interés “exclusivamente en el micronivel de la enseñanza, en los estudios de la interacción en el aula” (Giroux y Penna, 1990, p. 69): debemos ir más allá y ser capaces de entender la faceta política de la educación escolar. Y la mejor forma de conseguirlo es a través de la implementación en las aulas del aprendizaje cooperativo crítico. Precisamente por eso, porque fomenta el pensamiento crítico y la solidaridad, el aprendizaje cooperativo crítico es algo intrínsecamente subversivo en la actual sociedad neoliberal.

La idea básica y principal que pretendo transmitir es que si la especie humana pudo sobrevivir a tantos avatares que se cruzaron en su ya larga historia fue gracias a la cooperación, al altruismo, a la ayuda mutua y a la solidaridad. Y serán el individualismo, el egoísmo y la competición los que, de seguir su actual trayectoria, terminarán con nuestra especie. Si queremos evitarlo, no tenemos otro camino que el de volver a la cooperación y a la solidaridad. Y el aprendizaje cooperativo es un instrumento eficaz para ese propósito, sobre todo si no le utilizamos sólo para apuntalar el sistema capitalista competitivo e incluimos en él un fuerte componente de crítica y de deseo de transformación social, que sea un instrumento para construir una sociedad más cooperativa, solidaria y, en definitiva, más democrática. De poco serviría la implementación escolar del aprendizaje cooperativo si, al terminar sus estudios, el alumnado se insertara en una sociedad profundamente individualista y ferozmente competitiva, como está siendo cada vez más la nuestra a nivel planetario.

Conclusión.

A mi modo de ver, si los profesores quieren ser un motor de cambio social y no una muleta del neoliberalismo, deben adoptar una perspectiva crítica. Y lo primero que deberían hacer es tener muy claro qué es la educación y cuáles son la funciones que realmente está cumpliendo la escuela (Ovejero, 2019), y luego llevar a cabo una serie de actividades que consigan cambiar drásticamente los objetivos esenciales de la escuela de hoy día: de los profesores y profesoras depende en gran medida que la escuela sirva para hacer al alumnado más crítico, más cooperativo y más solidario, o para ponerle exclusivamente al servicio del sistema productivo. Y para ello, el aprendizaje cooperativo crítico les es de gran ayuda. No olvidemos que, como decía Bertrand Russell, «lo único que le salva a la especie humana es la cooperación”. Pero, añado yo, sobre todo si se trata de una cooperación solidaria. Lo queramos o no lo queramos, profesoras y profesores somos intelectuales transformativos (Giroux, 1990), y una de nuestras obligaciones es conseguir que el alumnado aprenda a pensar críticamente y a trabajar por un mundo mejor. Y ello puede alcanzarse con los métodos de aprendizaje cooperativo crítico mejor que con otros métodos. No olvidemos que uno de los deberes de la escuela tendría que ser la construcción de auténticos ciudadanos, o sea, de sujetos libres e independientes, capaces de sostener y fomentar una sociedad realmente democrática, una sociedad libre, cooperativa, justa, igualitaria y solidaria. Y ello exige unas relaciones interpersonales escolares cooperativas, igualitarias y solidarias, así como unas prácticas escolares también cooperativas, igualitarias y de apoyo mutuo. Cada profesor/a debe decidir qué tipo de educación escolar quiere realizar: la que propone –y está imponiendo– el neoliberalismo, que potencia sólo la preparación para el mercado laboral; o una educación para la libertad, la cooperación, la igualdad y la solidaridad que, además, actúe como pilar esencial de la democracia. Si preferimos la segunda, debemos construir en el aula unas relaciones entre estudiantes que faciliten esa cooperación y esa solidaridad. Y, en mi opinión, el método más eficaz para conseguirlo es el aprendizaje cooperativo crítico.

Es cierto que el aprendizaje cooperativo no es la panacea para todos los problemas escolares y sociales, pero sí es de gran utilidad para resolverlos, entre otras razones, porque, en el actual contexto neoliberal y su fomento del individualismo, el egoísmo y la competición a todos los niveles, supone una importante cuña de libertad, de cooperación, de solidaridad y de pensamiento crítico de importantes y positivas consecuencias, pues cuando alguien se acostumbra a vivir en libertad, en igualdad y sin relaciones jerárquicas ya no es tan fácil que acepte otro tipo de situación y otra clase de relaciones. Una buena forma de enfrentarnos, desde la escuela, a los retos que nos plantean los tiempos actuales consiste en formar ciudadanos auténticamente libres y críticos, con una alta autoestima y un autoconcepto positivo, con una identidad personal y social satisfactorias, bien integrados socialmente en redes sociales que realmente les proporcionen apoyo social, y sin olvidar nunca la importancia de la cooperación y la necesidad ineludible de la solidaridad, lo que, obviamente, se consigue mejor con el aprendizaje cooperativo crítico que con la enseñanza tradicional. Si de verdad queremos un alumnado independiente y crítico y una sociedad más cooperativa, más altruista, más solidaria y auténticamente democrática, en la que quepamos todos, necesitamos que ese aprendizaje cooperativo sea mucho más que una técnica pedagógica eficaz, necesitamos que sea crítico y solidario.

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Acceso al artículo en la edición impresa:

OVEJERO, A., “Escuela y democracia: el aprendizaje cooperativo crítico“, Aula Libre, 2 (abril, 2021), pp. 11-22.

Para citar la versión online:

Anastasio Ovejero, «Escuela y democracia: el aprendizaje cooperativo crítico.», Aula Libre (Internet), 16 de junio 2021. ISSN : 1989-7006. URL: https://aulalibrefecgt.com/2021/06/13/escuela-y-democracia-el-aprendizaje-cooperativo-critico/

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