Repensar la sostenibilidad de la vida en tiempos de pandemia

Yayo Herrero

La crisis del Corona Virus ha quebrado visiblemente lo que llamábamos normalidad. Además de todas las personas que han muerto o enfermado, los días de angustiosa saturación de los servicios de la sanidad pública, el confinamiento y cierre de una buena parte de las actividades sociales y económicas, nos encontramos en la antesala de una crisis económica cuya dimensión puede ser enorme.

La fragilidad de nuestros metabolismos económicos globalizados se ha mostrado de una forma cruda. La COVID 19 ha llegado cabalgando sobre las múltiples crisis interconectadas (pérdida de biodiversidad, cambio climático, declive de energía y materiales, migraciones forzosas, feminicidios,  empobrecimiento, precariedad y desigualdades, racismo estructural..,)  que nos sitúan ante una emergencia civilizatoria que se desenvuelve ya, y en la que  se va a desarrollar en el futuro la vida humana.

Las proyecciones que establece la comunidad científica para nuestro país hablan de cómo el cambio climático va a afectar gravemente a nuestras economías, a nuestros lugares de residencia, o a nuestros puestos de trabajo y hay que tener también en cuenta que previamente a la llegada del Corona Virus, la precariedad, la fragilización del derecho del trabajo, la pobreza habitacional o energética eran ya estructurales. De hecho, el relator sobre extrema pobreza y derechos humanos de la ONU, Philip Alston, había advertido de la preocupante situación social que se vivía en nuestro país y concluía que había visto barrios “en peores condiciones que campos de refugiados”.

La noción de emergencia evoca un acontecimiento inesperado que requiere de algún tipo de acción urgente para evitar o minimizar daños. Lo paradójico de la compleja  emergencia civilizatoria es que, en ninguna de sus dimensiones, supone un acontecimiento abrupto ni inesperado. Los procesos que han conducido a ellas han sucedido a plena luz. Fueron vaticinados desde hace décadas. Son la consecuencia inevitable y anunciada de decisiones y opciones, que no han sido tomadas por todo el mundo pero que han sido toleradas de forma mayoritaria.

Las causas que han llevado a la situación que atravesamos se encuentran ligadas a una forma de organizar la economía y la política que sigue una racionalidad estrictamente contable. Como sociedad, tenemos la mirada puesta en cómo evolucionan las cuentas de resultados, el PIB, las encuestas o las tendencias, y mientras, delante de nuestros ojos, las condiciones que permiten una vida decente para todas se van degradando, y no es hasta que se deterioran peligrosamente, cuando se denominan emergencia y se hacen visibles.

Diminishing stacks of coins with COVID-19 (Coronavirus disease)

La llegada del virus ha obligado, al menos durante un minuto de lucidez, a que la sociedad se enfrente a la trampa civilizatoria en la que vive. Centrada en la consideración del dinero como un algo sagrado, merece la pena sacrificar todo con tal de que la economía crezca. Y  decimos todo: territorio, salud, condiciones laborales, derechos y libertades y vidas. Se ha desvelado con nitidez la fragilidad del metabolismo social construido en torno a la violencia, el ejercicio desigual del poder y al dinero como prioridad. Nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura se desarrollan de espaldas y en contra de las insoslayables relaciones de ecodependencia e interdependencia que la sostienen. Las crisis son el resultado, diríamos inevitable, de un gobierno de las cosas que se orienta solo mediante la brújula del cálculo y la maximización de beneficios y que está en guerra con la vida.

Ha tenido que llegar una catástrofe para que el gobierno prohíba cortar la luz y el agua, o desahuciar a quienes no pueden pagar.

Ha tenido que llegar la excepción de la crisis sanitaria que ha provocado el virus para poder respirar con menos riesgo y comprobar que cuando la maquinaria loca de la economía frena, la vida parece regenerarse, aunque sea coyunturalmente. Ha tenido que llegar una catástrofe para que el Gobierno prohíba cortar la luz y el agua, o desahuciar a quienes no pueden pagar. Ha sido un catástrofe la que ha forzado la aprobación de un ingreso mínimo vital. Da rabia que sea un drama doloroso, y no una política pública de la precaución, responsable y comprometida con el bienestar, la que consiga, temporalmente, cosas que se han negado desde hace mucho. Da mucha rabia que el precio a pagar por la “normalidad del desarrollo” sea la destrucción irreversible de la Naturaleza y el sacrificio de las personas y de otros seres vivos.

Pero la palabra emergencia tiene otro significado. Apela y nombra aquello que emerge, que surge. Y es mucho lo que ha emergido durante la crisis de la COVID 19.

Ha emergido el miedo, una reacción humana sana que puede generar conductas patológicas o no, según se canalice.  

Es verdad que estos días hemos visto cómo el miedo promovía la denuncia, los bulos y la desconfianza,  protagonizados por la policía del balcón. Se han promovido y aceptado autoritarismos en intervenciones en los ámbitos más cotidianos, en la calle, que en otros momentos hubieran resultado intolerables.

Sin embargo, a la vez, y de forma mayoritaria, el miedo y la vivencia de la angustia e incertidumbre ha desencadenado una enorme explosión de solidaridad y de conciencia de interdependencia. Prácticamente en todos los barrios y pueblos han surgido redes de personas autoorganizadas que han dado un paso adelante con la voluntad de hacerse cargo de otros y otras.  Esas redes, en la mayor parte de los casos, no han surgido de la nada, sino que se han aglutinado alrededor de núcleos comunitarios previos: asociaciones vecinales, movimientos sociales, clubes deportivos, parroquias, asociaciones de madres y padres de alumnado, etc. Estas redes, que en estos días están saliendo al paso de la insuficiencia de la instituciones, muestran la importancia de la articulación social para superar circunstancias y crisis que, sin duda, se van a reproducir en el futuro.

Ha emergido también con fuerza la revalorización social de los servicios públicos. Después del desmantelamiento y privatización de una buena parte de ellos, muchas personas se han hecho conscientes de lo importante que es poder ir a un hospital independientemente de si tienes o no regularizada tu situación administrativa o de que tengas o no dinero; o de la necesidad de un sistema de solidaridad colectiva que permita canalizar los despidos a ERTES o garantizar un ingreso mínimo para poder subsistir. Después del virus, el pensar y acelerar el debate e implantación de propuestas como la de la renta básica y la revisión de los servicios sociocomunitarios se hace mucho más evidente y perentorio.

Lo que hemos vivido estos días ha permitido visibilizar a aquellos sujetos y tareas imprescindibles que habitualmente permanecen ocultos. Resulta que los trabajos esenciales, los que no se podían dejar de hacer, eran los que peor se pagaban, en los que se daban una niveles mayores de parcialidad y temporalidad y, en la mayoría de los casos, eran trabajos feminizados. Los hogares, de nuevo, se han perfilado como los lugares en los que se sostiene la vida. Fue en ellos en los que se cuidó a la mayor parte de la gente que enfermó y no requería ingreso hospitalario, y en donde se ha atendido, con enormes dificultades en muchos casos,  a los menores que requerían seguimiento y apoyo para poder seguir las clases virtuales o a las personas mayores confinadas que requerían atención y cuidados.

Cuando todo esto acabe, habrá mucho que pensar y hacer para que el final de la vida de las mayores sea un proceso
en el que el respeto y la dignidad se hagan presentes.

En estos días, muchas personas viejas han muerto en residencias. Ellas y sus angustiadas familias son la materia prima del negocio de la privatización y liberalización del cuidado. Muchas de las personas que han muerto fueron las que protagonizaron la mejor versión de lo que se llamó Progreso. Son las que crecieron en pueblos en los que no había luz ni agua corriente y se hicieron viejas sin volverse locas con el consumo. Las vidas de muchas personas mayores fue un constante vivir para otros y hemos comprobado fehacientemente que la sociedad que hemos creado no estaba a la altura de lo que merecían. Se nos han ido sin poder llorarles ni despedirnos de ellas. Cuando todo esto acabe, habrá mucho que pensar y hacer para que el final de la vida de las mayores sea un proceso en el que el respeto y la dignidad se hagan presentes.

Y ahora es importante saber cómo saldremos de esta. Hemos comprobado que organizaciones como la Unión Europea  ya han optado por rescatar a las entidades financieras, como en la crisis anteriores y se vuelve a escuchar aquello de socializar las pérdidas.

En nuestro país vemos reproducidas situaciones como las que se vivieron en Brasil en los años anteriores. Una ultraderecha crecida y montaraz se revuelve y llama al ejército o la Guardia Civil al golpe de estado; el lawfare se convierte en una estrategia política, que pretende derrocar a un gobierno al que sorprendentemente se califica de “social comunista”;  y asistimos a una particular doctrina del shock antiecológica que deroga normativas y leyes que protegen la naturaleza,  insistiendo, con una deliberada ignorancia, en profundiza la hecatombe de biodiversidad y la destrucción del territorio que están en el origen de la crisis social y ecológica a la que nos enfrentamos.

Las insuficientes medidas de protección social aprobadas y la simple amenaza de derogación de la reforma laboral son intolerables para las élites que, hace ya tiempo, han desahuciado a parte de la humanidad y al resto de seres vivos con tal de mantener sus privilegios.

Es importante, recordar otra vez que hasta llegar aquí, en cada hito, en cada punto de bifurcación se pudo elegir entre el freno y el acelerador del desastre, y que sistemáticamente se eligió acelerar sabiendo cuáles eran los riesgos, cuáles podían ser las consecuencias, quiénes eran los potenciales perjudicados…

Y es importante comprender que en esta coyuntura de emergencia ecosocial va a haber que seguir escogiendo, cada vez con menos margen de maniobra, entre el acelerador y el freno. Si se continúa actuando con la mirada extraviada de la razón contable, el resultado será el agravamiento de las heridas, del dolor, la precariedad en todos los aspectos de la existencia, la violencia y la muerte.

Desde algunos ámbitos se apuesta por salidas verdes: Pacto Verde, Reconstrucción Verde, Green New Deal,… Es importante profundizar en el sentido de estas propuestas, su capacidad real en términos biofísicos y las posibilidades que tienen de implantarse  resolviendo las desigualdades en todos los ejes de dominación.

La comunidad científica, cada vez de una forma más clara, advierte que la política de crecimientos verde carece de respaldo científico y denuncian los esfuerzos del Banco Mundial y la OCDE para promover el crecimiento verde como una apuesta por las falsas soluciones. Para lograr reducciones proporcionales al problema que afrontamos que permitan llegar rápido a umbrales seguros, serían necesarias estrategias de decrecimiento. Se trata de aprender a vivir bien bajo el principio de suficiencia y el del reparto de la riqueza y no tenemos mucho tiempo para seguir equivocándonos.

Creemos que hay que ir mucho más allá. Es es el momento de abordar con valentía y ambición un plan de choque ecosocial que no sea coyuntural, sino que permita desarrollar políticas de resiliencia, es decir que afronten esta crisis lo mejor posible y, a la vez que nos vamos colocando en mejores condiciones para abordar las futuras.

Eso pasa por generar un paquete de medidas sociales que no sean meras ocurrencias temporales, sino que conduzcan a una situación de mayor resiliencia. La clave es garantizar ingresos y servicios públicos de forma masiva. A la vez, es preciso afrontar las necesarias transiciones ecológicas, económicas y sociales para adaptar nuestras sociedades a las condiciones biogeofísicas que son la nueva normalidad.

Tenemos conocimiento, propuestas y tecnologías adecuadas, aunque, obviamente, una cosa es tener propuestas en el papel y otra es aterrizarlas. Lo que nos falta es convertir estos horizontes de suficiencia, reparto y justicia en utopías deseables. Ahí nos jugamos nuestro futuro.

No hay forma de abordar las urgencias desde el cuidado y la precaución, si el horizonte de la economía y la política es la cuenta de resultados. Sabemos desde hace mucho tiempo que las salidas están vinculadas a la adopción de una cultura de la suficiencia, a la redistribución de la riqueza y de las obligaciones, y al impulso de una organización social que asuma el cuidado y lo común como principios políticos.  

Se escucha con frecuencia que esta crisis nos ha hecho reflexionar sobre nuestros estilos de vida. Seguramente ha sido así, pero esto no garantiza en sí mismo torcer el rumbo hacia el colapso de nuestra civilización. Solamente con un fuerte movimiento y presión social podemos transformar las prioridades que orientan las políticas.

¿Hay condiciones para que emerja un movimiento alrededor del cuidado, el freno, la precaución, la contención, el diálogo, la desobediencia, el reparto y justicia? ¿Es posible apostar por herramientas políticas, económicas y culturales que, más allá de la oportunidad o el cálculo, afronten la emergencia civilizatoria? Yo creo que sí y en cualquier caso creo que tenemos que involucrarnos en la construcción de las alternativas, independientemente de si nos dan o no permiso para construirlas.

Acceso al artículo en la edición impresa:

HERRERO, Y. “Repensar la sostenibilidad de la vida en tiempos de pandemia”, Aula Libre, 1 (enero, 2021), pp. 15-20.

Para citar la versión online:

Yayo Herrero, «Repensar la sostenibilidad de la vida en tiempos de pandemia», Aula Libre (Internet), 24 de enero 2021. ISSN : 1989-7006. URL: https://aulalibrefecgt.com/2021/01/24/repensar-la-sostenibilidad-de-la-vida-en-tiempos-de-pandemia/

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