Competencia y colaboración

Félix García Moriyón

No hace mucho tiempo, apareció en España un libro de uno de los etólogos más prestigiosos en la actualidad, Edward O. Wilson; el libro se titula La conquista social de la Tierra. Wilson ha sido un científico muy discutido por las posibles implicaciones sociales y políticas de sus obras.  En algunos momentos llegó a ser físicamente atacado bajo la pobre excusa de considerarle un defensor del racismo, la misoginia, la eugenesia e incluso el capitalismo; era una manifestación extrema de lo que habitualmente se llama la censura de lo políticamente correcto. En otras ocasiones ha sido alabado como uno de los héroes en la defensa de la biodiversidad y en el ecologismo en general.

Lo interesante de este libro es que explora con detalle una tesis presente a lo largo de su carrera: la especie humana es casi seguramente la especie existente más solidaria y cooperativa. En este libro realiza una defensa clara de esa propuesta: es la solidaridad del grupo, no de la familia genética próxima, la que explica el enorme éxito adaptativo de la especie humana. No es algo exclusivo de esta especie, como él mismo ha explicado en su obra anterior, sino que está presente en muchas especies de seres vivos; ahora bien, en el caso de la especie humana es un rasgo que está especialmente desarrollado, alcanzando niveles de cooperación que no se dan en otras especies. Populariza en este libro esta tesis central: el fenómeno llamado eusocialidad, en el que los miembros adultos se dividen en castas reproductivas y (parcialmente) no reproductivas y estas últimas cuidan de las crías. ¿Cómo puede surgir el comportamiento desinteresado y solidario prescrito genéticamente por la selección natural, que es aparentemente su antítesis? Es decir, una tesis con gran audiencia es que la evolución está regida por la lucha y la competición, con el triunfo de los más fuertes como factor de evolución.

Una variante importante de esa lucha por la vida bien presente en la sociedad actual, y sobre todo en el sistema educativo, es precisamente la meritocracia: las personas mejores son las que llegan a ocupar los puestos sociales relevantes, los que proporcionan más poder y más dinero para satisfacer las propias necesidades. El sistema educativo tiene como misión fundamental legitimar esa meritocracia.

La tesis de Wilson no es nueva, pues ya la defendió Pedro Kropotkin hace más de un siglo, en 1902, fecha en la que publicó un espléndido libro con un claro título El apoyo mutuo. Un factor en la evolución. El científico y anarquista ruso polemizaba entonces contra un darwinismo social que simplificaba excesivamente la tesis de que la evolución se produce en una lucha de todos contra todos en la que gana el más fuerte. En lugar de eso, Kropotkin señalaba, como lo hace ahora Wilson, que son las especies que mejor han sabido colaborar las que han logrado más éxito en su adaptación al medio ambiente. La evidencia empírica la obtenía a partir de sus observaciones naturalistas en Siberia y de sus lecturas de la historia europea.

Kropotkin señalaba, como lo hace ahora Wilson, que son las especies que mejor han sabido colaborar las que han logrado más éxito en su adaptación al medio ambiente.

Siempre he defendido, y sigo defendiendo, la hipótesis de Kropotkin, posiblemente el pensador anarquista más potente del que celebramos el centenario de su muerte justo el 8 de febrero. Es una tesis avalada por una enorme evidencia empírica. Es más, en estos momentos podemos decir que el planteamiento de Kropotkin es el que goza de más aceptación. No obstante, Wilson aporta una interesante distinción:  en la evolución social genética impera una regla de hierro: los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, pero son los grupos altruistas quienes ganan a los grupos egoístas. El equilibrio de las presiones de selección no puede desplazarse hacia ninguno de los dos extremos. Si llegara a dominar la selección individual, las sociedades se disolverían. Si acabara dominando la selección de grupo, los grupos humanos acabarían pareciendo colonias de hormigas.

La distinción entre dos factores diferentes, pero también complementarios, puede favorecer una mejor comprensión del problema, ofreciendo además una manera de resolver un enfrentamiento entre posiciones que no deben ser vistas como contradictorias sino como complementarias. Las diferencias genéticas y epigenéticas explican parte del proceso, el ascenso social de los individuos mejor dotados, pero la capacidad cooperativa de los individuos dentro de un mismo grupo explica otra parte importante del proceso evolutivo, el crecimiento y mejora de las especies.

El equilibrio entre ambas no es sencillo, mucho menos en la sociedad humana. Las sociedades que cultivan exclusiva o preferentemente el triunfo de los individuos mejor dotados pueden provocar duros enfrentamientos internos que terminen siendo destructivos para la propia sociedad y para los individuos que la componen. La codicia y el egoísmo campan a su aire y eso no es bueno: algo esencial en el actual capitalismo neoliberal. Por el contrario, las sociedades que priman en exceso la cooperación pueden terminar ahogando la iniciativa individual sin la cual las sociedades terminan convertidas en poblaciones homogeneizadas, apegadas a prácticas rutinarias e incapaces de hacer frente a los constantes cambios del ambiente. La lealtad y el patriotismo en su versión débil, el tribalismo y el chauvinismo en sus versiones fuertes, conducen igualmente a un colapso social, cambiando los nocivos enfrentamientos intragrupos por enfrentamientos intergrupos tan nocivos como los anteriores.

La idea general que se desprende de los estudios de Wilson es, por tanto, clara y es muy próxima al anarquismo, que siempre ha buscado el equilibrio entre la defensa radical del individuo y del apoyo mutuo aportado por la comunidad. Sacar conclusiones eficaces para configurar adecuadamente las instituciones sociales que regulan los comportamientos humanos no está tan claro. Y mucho menos en la educación, en la que predomina sobre todo el individualismo y la meritocracia y es más bien infrecuente una enseñanza que sea al mismo tiempo personal y colaborativa, crítica y solidaria.

Acceso al artículo en la edición impresa:

GARCÍA MORIYÓN, F. “Competencia y colaboración”, Aula Libre, 1 (enero, 2021), pp. 61-63.

Para citar la versión online:

Félix García Moriyón, «Competencia y colaboración», Aula Libre (Internet), 24 de enero 2021. ISSN : 1989-7006. URL: https://aulalibrefecgt.com/2021/01/24/competencia-y-colaboracion/

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